Toc toc

by Brock Clarke
Translated into Argentinian Spanish by Alejandra Rivero
[Iowa Review, Fall 2010Read the original text in English]

Estaba por entrar al hospital de Veteranos de Guerra cuando alguien me llamó. Me di vuelta y vi que era Jay, una chica de la escuela. Esto pasó una semana después de que papá hubiera vuelto a casa de Irak. Aunque cuando digo “casa”, lo que quiero decir es “el hospital de Veteranos de Guerra”; y cuando digo que volvió, lo que quiero es que lo trajeron. Porque mi papá no iba ni venía a ningún lado. En Irak recibió un disparo en la cabeza y estuvo en coma, postrado en la cama del hospital toda una semana, con los ojos cerrados, conectado a aparatos que cada tanto emitían suspiros de hastío, como si estuvieran hartos de respirar por él.  Ni los médicos ni las enfermeras me decían si mi papá alguna vez iba a despertar. “No podemos prometer nada”, decían los médicos. Pero no nos decían que no se iba a despertar tampoco.  “Los milagros existen”, decían las enfermeras. Esto de “los milagros existen” era lo que mi mamá solía decirle a mi papá cuando él prometía que en serio esa vez se iba a levantar del sofá y conseguir un trabajo. También lo dijo cuando mi papá le dijo que, como no podía encontrar trabajo y ella no dejaba de molestarlo al respecto, se fue al shopping, a la oficina de reclutamiento del ejército a registrarse. Después de que se registró, mi mamá dejó de decir “los milagros existen” y empezó a decir que esta fue la cosa más estúpida y egoísta que mi papá había hecho y que nunca lo iba a perdonar si no volvía a casa entero. Después de que mi papá no volvió a casa entero, mi mamá no dijo mucho más sobre nada y tampoco fue a visitarlo al hospital de Veteranos. En fin, cuando fui a casa y le dije a mi mamá que las enfermeras decían que los milagros existen, mi mamá dijo: “Lo siento, Miller, pero no existen”. Eso fue quizás lo que hizo que no le dijera a nadie, ni a mis amigos de la escuela, ni a mis maestros, que mi papá había vuelto de Irak, y que estaba en el Hospital de Veteranos. Pero cuando Jay me preguntó qué hacía frente al Hospital de Veteranos, calculé que no tenía mucho sentido mentir al respecto, así que dije “vine a ver a mi papá”.

“Yo también”, dijo ella.

No sabía que el papá de Jay estaba en el Hospital de Veteranos, ni siquiera que estaba en el ejército. Pero no me sorprendió. Había una base grande justo en las afueras del pueblo. La mayoría de los chicos de la escuela tenían algún familiar en Irak, o uno que estaba a punto de ir, o uno que acababa de volver.

En fin, después de eso, Jay y yo caminamos juntos por el hospital, pasamos por las puertas corredizas y por adelante de la mujer de la recepción, que nos sonrió brevemente antes de volver a mirar la pantalla de su computadora. Justo pasando a la mujer, había dos puertas vaivén. La habitación de mi papá estaba del otro lado. Las señalé y le dije a Jay: “La habitación de mi papá es por ahí”.

“Mi papá está en el segundo piso”, dijo Jay, y empezó a caminar hacia el ascensor, que estaba cruzando el pasillo desde las puertas vaivén. La manera en que Jay remarcó la palabra “segundo” me hizo pensar que los pacientes del segundo piso eran diferentes de los del primero; que eran, de alguna forma, mejores que los pacientes del primer piso. Sabía lo que iba a encontrar pasando las puertas vaivén frente a mí: el pasillo con luz tenue, y ningún otro sonido proveniente de las habitaciones más que el de las aparatos en ellas; y en el cuarto de las máquinas expendedoras al final del pasillo alguien frente a la máquina mirándola fijo, con la mirada perdida, como esperando a que la máquina se decida. Eso era el primer piso. Sólo pensarlo me hacía querer estar en cualquier otro piso menos en ese.

“Ey!”, le dije a Jay. “¿Puedo acompañarte?”

“¿Por qué?”

“No sé”, dije. Traté de inventar una razón. “Es que me parece que nunca conocí a tu papá”, dije finalmente.

“Estoy segura que no”, dijo Jay. Apretó el botón y esperó. Las puertas del ascensor se abrieron. Entró en el ascensor y se dio vuelta para mirarme, con una sonrisa tímida. “Supongo que está bien”, dijo finalmente. Las puertas comenzaron a cerrarse. Puso la mano en el medio; se frenaron, se reabrieron, y yo entré.

Las puertas del ascensor se abrieron en el segundo piso y salimos y caminamos por el pasillo. Estaba lleno de pacientes. Estaban haciendo ejercicios. Los pacientes con dos piernas caminaban por sí mismos, o con los brazos enganchados a los de los enfermeros, o las esposas, o los maridos, o los fisioterapeutas. Vi a una señora con muletas: tenía una pierna. La otra pierna le faltaba por completo; la pierna del pijama estaba doblada por el medio del muslo y sujeta ahí. Cuando se balanceaba en las muletas, la pierna del pijama que estaba sujeta flameaba hacia el costado. El pijama era rosa con flores; había toallas dobladas en la punta de cada muleta, sobre la parte de goma que iba debajo de la axila. Las toallas eran rosas también. Había un hombre a su lado. Usaba un andador, a pesar de que tenía las dos piernas. Me pregunté que le pasaría hasta que vi que tenía un tubo que le salía del estómago e iba hasta a una bolsa transparente sujeta al andador. El tubo era muy ancho y la bolsa muy grande y los dos estaban llenos con algo color barro. Era una sustancia demasiado marrón y turbia como para ser sangre, pero no sabía que más podía ser. El hombre estaba un poco encorvado y, cada vez que movía el andador, el tubo se balanceaba y el hombre emitía un bufido. El hombre y la mujer estaban bien cerca uno del otro, a pesar de que la bolsa estaba del lado de la mujer. Lo primero que pensé fue que ella debía estar en serio enamorada de él como para estar parada tan cerca de la bolsa. Pero por ahí solo estaban parados tan cerca del otro porque el pasillo estaba tan lleno de gente. 

Porque estaba atestado. Lleno de gente bastante normal, de no ser por una o dos cosas que las hacían muy diferentes. Era como caminar por un shopping en un país extranjero. Estaba contento de tener una guía. Seguí a Jay que se escurría entre la multitud. El pasillo tenía forma de U. Ella caminó por uno de los lados del pasillo, rodeando la curva de la U, y frenó en la segunda puerta. Frené unos pasos detrás de ella, porque ahora que estábamos ahí no estaba seguro de que en serio ella quería que yo entrara. Pero se dio vuelta y me hizo una seña para que me acercara. Así que me acerqué.

Esto es lo que vi. Vi al padre de Jay acostado panza abajo en la mesa. La mesa tenía ruedas y estaba al lado de la cama, que también tenía ruedas. El padre de Jay tenía más o menos la edad de mi papá, es decir, ni muy viejo para ser tomado como un viejo, pero lo suficientemente viejo como para preguntarse qué tan viejo hay que ser para que no te acepten en el ejército. No estaba afeitado y parecía sucio, hasta en los ojos, que eran claros, azul claro y acuoso. Tal vez a causa del dolor. Porque el padre de Jay no estaba solo. Había otro tipo, un enfermero o terapeuta, inclinado sobre el padre de Jay, girando sus muñones. No sé de que otra forma decirlo. Tomó el muñón izquierdo con ambas manos, lo giró hacia un lado unas veces, luego unas veces para el otro lado.