La pistolita
by Benjamin Percy
Translated into Argentinian Spanish by María Bernardello
[Iowa Review, Fall 2010 — Read the original text in English]
Llevé al colegio una pistola lanzagomitas que compré en la galería. La compré en ese local que tiene las cartas de tarot y las bombitas de olor y las remeras de cervezas y los posters con las chicas en tangas, agachadas en la playa con la arena pegada en todos los lugares adecuados. La llevé la pistolita al colegio y se la mostré a Stacey Swanson. Estaba un poquito enamorado de ella. Con eso quiero decir que siempre me hacía la paja pensando en ella desnuda y me limpiaba con las medias de gimnasia.
Normalmente no me habría hablado, salvo para decir "ni se te ocurra hablarme- todavía ni siquiera pasaste por la pubertad". Pero esta vez, cuando saqué la pistolita, ella dijo: "Dejame ver eso". Agarró la pistolita y la sostuvo en su mano un momento, y después levantó el brazo y apuntó y me disparó directo en el ojo.
El ojo no respondió bien. La gomita dio directo en la pupila, la perforó, se hundió en ella como un gusano. El médico extrajo el ojo y lo puso en un frasco de formol. Tengo la botella en en mi armario. Puedo saber cuántos grados hace a través del ojo. Si flota o se hunde me pongo unos shorts o una remera. A veces parece como que el ojo me mira fijo. Y otras veces, cuando la presión baja y hay tormenta, el ojo gira en círculos como una veleta poseída.
Todas las noches limpio el hueco con una esponja mojada en agua tibia y un chorrito de jabón. Además tiene olor. Y está el peligro de que se infecte. Cuando parpadeo, el hueco parece hablarme, me dice qué hacer, una boca sin dientes con mal aliento.
Mis compañeros antes se burlaban de mí, roces de hombros un poco ásperos en los pasillos, empujones en los mingitorios. Ahora nadie me toca. Soy el rey y me dicen Cíclope y me ruegan que levante el párpado, que les muestre el hueco redondeado. A veces lo hago.
Me pongo cosas en el hueco. Una moneda de un peso. Bolitas. Una frutilla. Tendrían que haber visto la cara de Gabby cuando fui hasta su escritorio y sin decir una sola palabra escarbé el hueco, saqué una frutilla machucada y la exploté en mi boca antes de tragarla.
También otras cosas. Como una lengua. La lengua de Stacey Swanson, ¿pueden creerlo? Desde la vez del gomazo en el ojo que siempre me toquetea el hombro, me pregunta ¨Cómo estás hoy, Jimmy”. Una vez me preguntó si había algo que pudiera hacer por mí. Dije que sí. Obvio que sí había algo.
Ella dijo que no, no eso, eso era la cosa más desagradable que jamás había escuchado. Pero yo le pedí por favor, le dije que era muy importante para mí. Después le ofrecí los cuarenta dólares que había sacado de la billetera de mi mamá.
Fue una sensación tremenda, nuestra proximidad, tan juntos, ella adentro mío: la mejor sensación. Al toque ella se limpió la boca y me pidió la plata, se fue corriendo y llorando, y yo me quedé ahí parado, atrás del compactador de basura del colegio, agitado y temblando con un placer eléctrico y oscuro que jamás hubiera experimentado si no fuese por la pistola lanzagomitas.





