Avisos fúnebres

by Susan McCarty
Translated into Argentinian Spanish by Pablo Ambrogi
[Iowa Review, Fall 2010Read the original text in English]

­MOUNT VERNON – Dale Edward Irwin, 36, de Denver, Colo., prev. de Mount Vernon, Iowa, falleció martes 22/04/2007 en Montbello, Colo. Servicios: Lunes 13hs en la Primera Iglesia Presbiteriana, Mount Vernon, oficia Rev. Paul Mark Davids. Inhumación: Cementerio de Mount Vernon. Velatorio: domingo 14-17hs en la Casa Funeraria Morgan, Mechanicsville, Iowa. Lo sobreviven sus padres Edward y Paige Eldgridge de Mount Vernon, y dos hermanas, Allison Painter de Cedar Rapids y Wilma Eldridge de Iowa City.

Son las once de la noche en la redacción del diario local donde trabajo, y mis muñecas gritan de dolor. Estoy acá desde las cinco, recogiendo avisos fúnebres que llegan por mail, fax y teléfono, principalmente de las casas funerarias, e ingresándolos en el vetusto sistema de la redacción para que puedan ser editados y devueltos para correcciones. El diario del día siguiente se cerró a las nueve, pero yo sigo acá, actualizando avisos fúnebres e ingresando los avisos de mañana para el encargado de obituarios diurno. Mi turno dura seis horas, pero en general me quedo siete. El único momento en el que paro de teclear es para buscar más café. El único momento en el que busco café es después del cierre, cuando la edición del día siguiente ya es prácticamente inamovible, y no tengo que preocuparme más por acomodar otro aviso tardío de una casa funeraria, ingresado a último momento.

El escáner de la policía chilla y escupe un informe sobre disparos cerca de Third Avenue, a un par de cuadras de nuestro edificio. El encargado de noticias de la noche –un veinteañero sucio y rubio llamado Sam– deambula hacia el escritorio principal –mi escritorio–, que está a un metro del scanner. Camina siempre deambulando, y tiene los modales pensativos de alguien que se gana la vida escuchando.

“¿Qué era ese informe?”, pregunta.

“Disparos, Third Avenue”, le digo.

Incluso cerca de la medianoche, la redacción es cacofónica. Alguien subió el volumen del escáner al máximo porque alguien subió al máximo los dos televisores, probablemente porque un corrector al final de la sala subió una radio, o una cadena causal parecida. Los teléfonos suenan sin parar. Las llamadas van rebotando de un escritorio vacío a otro, hasta que son derivadas al celular de Sam, que suena al ritmo de “Beat It” de Michael Jackson.

“Escucharías el escáner si pusieras el teléfono en vibrador”, le grito por encima de todo el ruido.

“Michael es lo único que me mantiene alerta a esta hora”, dice. “Michael y cigarrillos. Vamos.”

Me paro, apretando los cartílagos que unen a mis muñecas con mis manos hasta hacerlos sonar, y sigo a Sam fuera de la redacción, bajando la escalera de la salida de camiones. El ordenanza estuvo acá hoy. Aunque barrió todas las colillas, la estructura de cemento todavía apesta. No me imagino cómo olería la redacción en los setenta.

“¿Hubo algo hoy?” pregunta Sam y me pasa un Marlboro Light. Como encargada de avisos fúnebres, tengo que mantener actualizados a los periodistas sobre avisos que sean noticiables, lo que básicamente quiere decir muertes violentas. Choques, homicidios, accidentes espectaculares con maquinaria agrícola o ganado, cualquier persona notable de la comunidad. Todo lo que tenga una causa de muerte noticiable va directo a la bandeja del periodista para ser investigado inmediatamente. En algún momento las notas para obituarios se convirtieron en las notas del escáner de la policía, dado que soy la única empleada que pasa todo su turno en el escritorio. Pero esto no es lo que Sam quiere decir.

Pito mi cigarrillo y digo, “Dale Irwin, treinta y seis, nacido en Mount Vernon, se suicidó tirándose de un globo aerostático en las afueras de Denver”.

“Wow, es buena. Quizás la mejor hasta hoy.”

“Ya sé. Seguro fue como volar.”

“Bungee-jumping sin soga.”

“Más tranquilo que saltar de un avión.”

“Sin edificios que te bloqueen la vista.”

Coleccionamos las mejores maneras de morir. Suena cínico, pero no lo sentimos así. Lo sentimos como algo optimista, y, si alguna vez fuera necesario, prescriptivo. Nadie quiere pudrirse de cáncer o caer redondo de un infarto. Esas hermanas que suenan benignas, la enfermedad breve y la enfermedad larga, son las más perversas, por lo que no dicen, especialmente en este rincón conservador del Midwest: adicción a las drogas, enfermedad mental, SIDA. Respetamos los avisos que dicen la verdad, aunque en general no la publiquemos.

“La mayoría de la gente no quiere leer sobre eso”, me dijo la editora de obituarios diurno cuando llegué. “O sea, las familias no quieren”, agregó. Es verdad: la gente paga mucha plata para dejar el espanto y la humillación –o sea, la verdad– de la muerte fuera de los avisos que nos mandan. “Murió de cáncer de colon”, por ejemplo, puede ser cambiado por alguna variante de “se unió a los ángeles para cantar en el coro celestial”.

A Sam y a mí nos encantan los avisos que dejan entrever algo, no importa cuán poco, de la vida y la mente de nuestros conciudadanos muertos.

“¿Va a salir?” pregunta Sam, curioso sobre cómo lo iba a escribir, probablemente.

“No. Lo paga la familia, así que va sin causa de muerte.”

“Es sólo para nosotros entonces.”

“Sólo para nosotros.”

Nos quedamos mirando la noche desde nuestro pestilente toldo de cemento. A dos cuadras de ahí,  a un hombre lo persigue la policía, le encuentran un arma, lo arrestan. Va a aparecer en el registro de la policía mañana. Disputa doméstica. Por suerte, sin heridos.


KEOKUK – Donald L. Schumacher, 93, de Keokuk, falleció lunes 09/07/2007 en su casa luego de una larga enfermedad. Coordinación de servicios pendiente con Casa Funeraria De Jong en Keokuk.

Un amigo sepulturero en Boston me dijo una vez que, en su opinión, la mayoría de los directores de funerales son republicanos gay. Como es poeta, le pregunté qué quería decir exactamente. ¿David Fischer en “Six Feet Under”, o algo más metafórico? Estábamos borrachos, así que en ese momento nuestra conversación pasó a la nueva serie de HBO, que nos encantaba. Nunca obtuve respuesta a mi pregunta, pero ahora creo que entiendo lo que quería decir. Las casas funerarias son lugares de aparente contradicción. Son lugares raros, a la vez sincrónicos con nuestra realidad cultural y completamente fuera de ella. Las casas funerarias son la cara pública de la muerte, el lado transaccional de la muerte. Como evocan la muerte, es importante que parezcan tan libres de muerte como sea posible.